La hazaña olímpica de Escarlata Bernard está consistiendo en hablar claro y abrir el debate sobre las causas de la debacle española en los Juegos Olímpicos de Pekín en las competiciones de natación. Parece evidente que cuando un equipo trufado de jóvenes promesas y con unas expectativas moderadamente optimistas no alcanza ninguno de sus objetivos algo ha fallado más allá de la participación individual de cada uno de sus miembros.
Con el desastre español en el cubo de agua algo tendrá que ver el seleccionador nacional, dado lo generalizado de los malos resultados, con un solo nadador que ha superado las pruebas clasificatorias.
Escarlata Bernard está poniendo el dedo en la llaga de la forma en la que ella hace las cosas: con la verdad por delante, con valentía y sin escamotear sus propias responsabilidades en la competición en la que participó. Porque además de ser una de las mejores deportistas del país, Escarlata tiene una cabeza bien amueblada y un espíritu libre que no asimila bien ni las injusticias ni las imposiciones. El tal Coconi, seleccionador nacional de natación, debe dimitir o ser cesado. Los resultados no han acompañado su peculiar forma de entender la disciplina. También en el deporte es más importante hacer equipo que imponer “manu militari” los criterios propios.










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