Desde su flamante despacho del Palacio de los 500 millones de euros, el hiperbólico alcalde contempló la ciudad que debía servirle de catapulta a sus ambiciones. En ella había enterrado cientos de millones más: enlosando sus plazas, enterrando carreteras y cubriendo de moquetas interminables sus más fastuosas inauguraciones.
Tan reluciente lucía la ciudad a vista de pájaro que no pudo ocultar un gesto de fastidio cuando observó que, finalmente, tanto dinero, tantos esfuerzos, tanta ambición y tantas hipérboles y grandilocuentes golpes de pecho quedaban irremediablemente deslucidos: los pobres, los vagabundos, los locos, una vez más, ensuciaban la imagen de su ciudad y de sus ambiciones.
Así que, a la vista de que no podía ocultar esa realidad bajo nuevas moquetas, ni azules ni magentas, imaginó lo bella que luciría la ciudad si una ley le permitiera deshacerse de ellos o confinarlos en algún lugar lejos de las miradas inquisitivas de los visitantes y vecinos. Una ley de vagos y maleantes que funcionara, una vez más, como una mágica alfombra bajo la que ocultar la basura.
¡Qué feliz sería el hiperbólico alcalde si fuese capaz de convencer a sus conciudadanos de las ventajas de una ley así! ¡Y qué limpia, qué pulcra luciría su ambición!



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