He dedicado las últimas semanas a profundizar en una de las personalidades más apasionantes, magnéticas y arrolladoras de la historia de la humanidad. Hablo de Alejandro el Grande, hijo de Filipo y Olimpíade, rey de Macedonia, hegemon de los griegos, faraón de Egipto y rey de Asia. Hablo de Alejandro, el único de los mortales que superó las hazañas de dioses y héroes y tocó con sus dedos los límites del mundo conocido. Si alguna vez vivió entre nosotros el hijo de un dios ese fue Alejandro el macedonio.
Desde hace años devoro todo cuanto se ha escrito sobre Alejandro y sigo la permanente actualización y relectura sobre su peripecia vital, no sólo en el campo de la literatura y ensayo sino también desde la perspectiva del arte, desde el famoso mosaico de Pompeya al retrato de Andy Warhol que ilustra esta entrada, pasando por las pinturas de las Tumbas de Vergina.
Desde luego, no es sólo el interés por el personaje histórico, con sus luces y sombras, el que ha conseguido proyectar su nombre a lo largo de más de 2.300 años sino esa mezcla de leyenda, mito y realidad que han terminado por confluir en torno al nombre de Alejandro, un ser sobrenatural de una fuerza arrolladora y capaz de acumular sobre su aventura vital todo tipo de relecturas, interpretaciones e inspiraciones de hombres y mujeres de todas las generaciones. Una magnífica aproximación a esa deslumbrante personalidad es la que ha conseguido Robin Lane Fox con su libro “Alejandro Magno. Conquistador del mundo”. Se trata de un documentado, pormenorizado y ameno ensayo sobre el recorrido vital de Alejandro desde su nacimiento en Pella a su muerte en Babilonia.
Para los interesados en consultar una buena hoja de ruta sobre esta figura histórica recomiendo “La leyenda de Alejandro”, de F. Javier Gómez Espelosín. En este caso se trata de un interesante recorrido histórico por toda la tradición literaria, cultural y legendaria que acompaña la figura de Alejandro, desde las primeras producciones propagandísticas contemporáneas a su expedición de venganza contra el imperio persa a las más recientes adaptaciones cinematográficas que han quedado atrapadas por la magia del personaje.
Es precisamente ese cruce de miradas, de interpretaciones y opiniones encontradas uno de los elementos de mayor atractivo de esta historia.
Porque a la imagen del Alejandro arrollador, emulador de Aquiles, hijo de Amón y vengador de los griegos, al civilizador genial que quiso aunar en un reinado universal a hombres de todas las razas y culturas se superpone la visión del rey que sucumbió al poder y la gloria, el hijo de dios al que la muerte sorprendió en Babilonia, el asesino de Clito el Negro, seducido por la barbarie, los lujos y las glorias del Oriente que había conquistado, el gobernante cuestionado por Séneca o Lucano y admirado por Augusto o Julio Cesar.
Y al lado de esta historiografía quedan algunos vestigios de lo que fue la voz de los vencidos, los pueblos que vieron la fulgurante campaña de Alejandro como un sucesión de destrucciones, matanzas y devastación, de extremo a extremo del oriente conocido. Es la voz que a duras penas ha llegado a nosotros y que contraponen a la figura de Alejando Magno la visión de Alejandro “el Maldito”, la que aún podemos rastrear en textos como el Libro de los Macabeos: “Sucedió después que Alejandro, hijo de Filipo, rey de Macedonia, y el primero que reinó en Grecia, salió del país de Cetim y derrotó a Darío, rey de los persas y de los medos; ganó muchas batallas, y se apoderó en todas partes de las ciudades fuertes, y mató a los reyes de la tierra, y penetró hasta los últimos términos del mundo, y se enriqueció con los despojos de muchas naciones; y enmudeció la tierra delante de él. Y juntó un ejército poderoso y de extraordinario valor; y se engrió e hinchó de soberbia su corazón”.
En fin, pocas historias hay tan apasionantes como la de Alejandro, el hijo de Zeus que amaba a Homero y dedicó su vida a hacer cosas “dignas de Alejandro”. De su gloria el mejor testimonio es el lamento de Julio César junto a las columnas de Hércules.
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