Acudí ayer a la concentración contra la violencia de género en la Puerta del Sol. Este año el acto me ha parecido mejor organizado, con intervenciones que tocaron los temas y reivindicaciones clave. Un gran acierto el cierre con el Coro de mujeres y los hermosos versos de Rosalía de Castro resonando en el corazón de Madrid con toda la fuerza de la lengua gallega:
Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.
Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.
Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.
En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras.
Siempre he pensado que la belleza es capaz de conjurar nuestros peores demonios, también este terrible que es la violencia de género. Y no conozco una expresión de belleza mayor que la poesía.
De vuelta a casa leo “Carta a D. Una historia de amor”, un libro de André Gorz que Norma me regaló hace unos meses. Es una arrebatadora carta en la se recorre la historia de amor, ternura, complicidad y alianza del autor con su esposa (“Seremos lo que hagamos juntos“, afirma en un momento del libro), aquejada de una grave enfermedad incurable.
Una mezcla maravillosa de ensayo, autobiografía, carta de amor abierta al mundo y reflexión sobre los grandes temas que nos mueven a los seres humanos. Un prodigioso ejemplo de que es posible establecer relaciones de igualdad en la pareja. Un alegato a favor del respeto. Una reivindicación de que es posible edificar una relación amorosa sobre los cimientos de los sentimientos y la reflexión sobre un proyecto común de vida que nunca termina de definirse del todo y que exige refundaciones periódicas.
André Gorz y Dorine, su mujer, se suicidaron juntos pocos meses después de la aparición del libro. Él ya lo había anticipado: “Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío. Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr [El mundo está vacío, no quiero vivir más] y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos”.
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