Preclaros dirigentes del PP, encabezados por el que encabeza de su candidatura a las próximas elecciones europeas, Mayor Oreja, proclaman ufanos que el caso Gürtel y, en general, las turbias tramas de corrupción que crecen como hongos en las inmediaciones del PP no afectan a sus expectativas electorales.
Conozco muchas personas progresistas que comparten el análisis con una mezcla de resignación y paciencia, asumiendo que la derecha española está blindada frente a la corrupción debido a las amplias tragaderas de su electorado más afín.
No es, sin embargo, una cuestión de perspectivas electorales. Lamentablemente el desdén y autosuficiencia con las que el PP se enfrenta a estos casos es algo más grave porque afecta de lleno a la propia esencia de nuestro sistema de convivencia que se basa, entre otras cosas, en la confianza de que existen una serie de controles explícitos e implícitos que evitan que los comportamientos corruptos hagan nido en las formaciones políticas sin que éstas sufran un castigo o una reprobación social.
Por eso no debemos cansarnos de denunciar este tipo de actitudes y comportamientos, ni resignarnos a que formen parte de nuestro paisaje político.
No podemos resignarnos a que una panda de rufianes, una trama de buscavidas, un reducido elenco de políticos repartidores de dádivas se paseen por las páginas de nuestros periódicos proyectando, a base de mucha caradura, la falsa imagen de impunidad y chulería que proporcionan unos trajes sisados y unos choriceos enmascarados con buena gomina y otros regalos y detalles tan brillantes exteriormente como opacos para la contabilidad pública.
Los ciudadanos no podemos resignarnos a que personajes como el bigotes, el rata, el cabrón o el albondiguilla formen parte de nuestro ecosistema político porque ensucian nuestra vida pública y son un insulto a nuestra ciudadanía y nuestra democracia.
Es verdad, la cosa no es de ahora. Recientemente hemos visto al jefe de la banda presumir de su gestión económica. Todos recordamos una de sus recetas milagrosas: entregar a la rapiña y depredación de sus amigos empresas públicas que formaban parte del patrimonio de todos con privatizaciones de beneficios más que abultados para los señores de los negocios y bastante menos evidentes para el conjunto de la sociedad.
Siguen haciéndolo allí donde pueden. En Madrid, la abeja reina Aguirre pretende entregar empresas tan rentables como el Canal de Isabel II a los zánganos buscavidas que revolotean las colmenas del PP cuando están instaladas en los gobiernos autonómicos.
Es este afán de rapiña, esta actitud ruín y depredadora, la que forma parte del comportamiento histórico de nuestra derecha, a diferencia del comportamiento de sus conmilitones en otros países de Europa. Y esta actitud es la que marca sus objetivos, desde el choriceo de trajes a la venta de empresas públicas, en una estrategia que tiene como único objetivo el vivir parasitando la riqueza que genera el conjunto de la sociedad.
No, todo esto no puede quedar impune. Hay que lanzar un poderoso mensaje ciudadano de intransigencia ante este tipo de comportamientos. Hay que alzar la voz y no cansarnos de ello. Y dar nuestro veredicto con los votos ante quienes consienten que se den estos espectáculos en su propio partido sin hacer nada y ante quienes se ufanan de ser invulnerables en sus resultados electorales.
Por eso es importante que el 7 de junio nadie en el PP pueda interpretar los resultados electorales como una patente de corso que los ciudadanos les dan para proseguir con sus andanzas piratas sobre el patrimonio de todos.
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