Creo que fue Ronald Reagan el que sentenció que el gobierno era el problema y no la solución. No hablaba, claro, de un gobierno en particular sino de los gobiernos en general. De la afirmación se extraían conclusiones tan claras como la exigencia de reducir el gasto público y bajar los impuestos como receta para superar cualquier problema y poner rumbo hacia una economía próspera y autorregulada, con vocación de crecimiento indefinido, liberadas las fuerzas del mercado de los corsés del intervencionismo estatal.
De aquello hace 30 años y lo pasmoso es que, a pesar de las muchas precipitaciones registradas por los pluviómetros de la historia y las ciencias económicas y políticas, el Partido Popular ha decidido atrincherarse en la discusión de hace tres décadas y hacer como que aquí no ha pasado nada.
Los dogmas y axiomas asentados es lo que tienen: permiten oscurecer los debates, evitar el trabajo de reanalizar permanentemente la realidad para dar alternativas ajustadas a los problemas contemporáneos. Dónde va a parar: mucho mejor la vieja colección de recetas de la abuela y tirar del vademécum neocon que ponerse a pensar en términos de un siglo XXI que está atravesando una crisis inédita y de características novedosas.
La ventaja de las viejas recetas es que permiten además hacer buenos titulares, con pocas palabras, y contribuyen como nada a generar ruido y ocultar lo esencial para poner en primer plano lo accesorio.
Todo esto viene a cuento de la polémica un tanto artificial y desmesurada sobre los impuestos. Creo que, a estas alturas, afirmar que una bajada generalizada de impuestos provoca automáticamente una mejoría económica inmediata es una afirmación bastante aventurada. De la misma forma que también es falso, seguramente, el binomio que afirma que bajar los impuestos es de derechas y subir los impuestos a los ricos es de izquierdas.
No sé, parecen simplificaciones bastante groseras en ambos casos. Dependerá de qué impuestos, en qué condiciones, con qué objetivos.
En fin, que lo más lógico es entender el sistema fiscal en su conjunto como una herramienta compleja que permite orientar nuestro modelo económico en un sentido u otro. De forma que a distintos objetivos corresponderán distintos ajustes de unos u otros impuestos teniendo en cuenta el conjunto del sistema y no seleccionando cada uno de los tributos aplicándoles viejos dogmas y axiomas.
Por eso considero importante escuchar los objetivos que está definiendo el presidente Zapatero antes de meternos en un debate absurdo y simplista sobre la subida o bajada de impuestos. Parece que el Gobierno Zapatero está intentando introducir el debate sobre el necesario cambio de nuestro modelo productivo, de forma que superemos un sistema de crecimiento basado en las burbujas financieras, inmobiliarias etc. para dar los primeros pasos en la dirección de una economía más equilibrada y sostenible, con capacidad de generar un crecimiento sólido y asentado en cimientos seguros y con mecanismos de distribución de riqueza que profundicen en la cohesión social. Los retoques que haya que dar en el sistema fiscal deberían tener en cuenta esos objetivos, de forma que lo más sensato es pensar que habrá que bajar algunos impuestos y subir otros. Algunos podrían desaparecer y, sin embargo, es posible que asistamos en los próximos años a la aparición de otros nuevos relacionados con la protección del medio ambiente, por ejemplo.
Y parece lógico que estos cambios se hagan respetando el espíritu de progresividad que aconseja que aporten más los que más tienen, los que más se benefician de las oportunidades que les ofrece nuestra sociedad.
El debate sobre los impuestos podría ser sosegado y sensato porque todos los intereses son legítimos. Entiendo que el PP, y en general las fuerzas de la derecha política, defiendan los intereses de aquellos que quieren seguir ganando más y acumulando riqueza minimizando el trago de pasar por el fielato de la Hacienda. Es legítima la posición de las fuerzas de izquierdas que defienden los intereses de todos aquellos que viven exclusivamente de su trabajo y que pretenden que se refuercen los sistemas de protección social y que la aportación vía impuestos se haga de acuerdo a los niveles de riqueza de cada uno de los que contribuimos. Son legítimas, finalmente, las posiciones de aquellas fuerzas que defienden los intereses de determinados territorios o Comunidades Autónomas. La enorme ventaja de un sistema parlamentario y democrático es que establece los marcos de debate, discusión y conciliación necesarios de todas estas posiciones e intereses y del resultado de los debates saldrá algo muy cercano a lo más conveniente al interés general o, al menos, a la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.
Pero debería haber espacio para el acuerdo. Sobre todo si tenemos en cuenta que el cambio de modelo económico no es un capricho del Gobierno de España ni una política voluntarista sino la inexcusable respuesta a una crisis que ha descubierto los límites evidentes del anterior modelo. De forma que incluso aquellos que únicamente aspiran a ganar más en el más corto período de tiempo, siendo éste el objetivo central de su actividad, pueden compartir la necesidad de avanzar hacia un nuevo modelo productivo sin el que será difícil mantener la competitividad de nuestra economía y empezará a ser irrelevante su preocupación por los impuestos en una economía con cada vez menos posibilidades de crecimiento y menos oportunidades de competir en el mundo global.
Lo que pretendo explicar es que lo importante es el objetivo final, aquello que el Gobierno está esforzándose por entrar a debatir. Y la reforma del sistema fiscal es sólo un instrumento que debe ajustarse al objetivo central de construir, entre todos y llegando a acuerdos, un nuevo modelo económico con visos de futuro y que permita una rápida recuperación.
En definitiva, lo que pretendo trasladar es mi perplejidad de haber asistido ayer en el Parlamento a un debate un tanto absurdo entre la nueva cocina de Zapatero y el viejo recetario de Reagan. Estoy dispuesto a discutir hasta que grado el Gobierno de Zapatero utiliza la experimentación y la innovación en la preparación del menú de salida de la crisis. A cambio ¿es mucho pedir que la derecha española deje a un lado las viejas recetas reaganianas y se atreva a proponer algo con sabores de este siglo?
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