Archivo para 16 noviembre 2010

Sáhara en el corazón

Anuncios

El sueño del Celta y la pesadilla capitalista

Leo estos días El sueño del Celta, el último libro de Mario Vargas Llosa: un magnífico híbrido entre el  periodismo novelado, la biografía fabulada y la literatura con fondo histórico, tan del gusto del autor de “La verdad de las mentiras”.

Desde luego “El sueño del Celta” es un buen ejemplo de la maestría alcanzada por Vargas Llosa a la hora de llevar a la práctica sus propias teorías sobre la esencia de la literatura y el arte de contar historias de ficción.

En el punto en el que estoy de la lectura, acabo de ver al protagonista, Roger Casement, dejar atrás la terrible historia de su viaje por el alto y el medio Congo, que le han permitido conocer de primera mano las atrocidades e iniquidades que sufre la población congolesa en nombre de la civilización europea en esa artificial construcción política que se llamó Reino Independiente del Congo: la nausebunda capa político-adminitrativa bajo la que se ocultó y alentó la codicia desbocada y la más brutal de las explotaciones de los seres humanos que tuvieron la desgracia de nacer en unas tierras cuya riqueza atrajeron a los mercaderes y capitalistas de la civilizada Europa.

La historia de Roger Casement, que data de principios del siglo XX, me ha hecho recordar algo que leí hace algún tiempo sobre las desgracias de los reinos negros de África en los albores de la Edad Moderna. Desgraciadamente la historia de crueldad, explotación y avaricia sobre África tiene varios siglos de antigüedad. Es el caso del Congo.

Los portugueses alcanzaron la desembocadura del Congo en 1482. Al Oeste y el Sur de este río se extendía un amplio reino formado por diferentes grupos étnicos cuya base de supervivencia era el policultivo en una economía agraria poco desarrollada. Aquella no era, desde luego, una sociedad idílica. Había esclavos y desigualdades. Algunas profesiones eran el monopolio eran el privilegio de una casta de “nobles” y contaban con un rey que era elegido en el seno de una familia de acuerdo a determinados requisitos físicos e intelectuales.

Sin embargo, no parece que existiera una desigualdad basada en la acumulación de la riqueza: la propiedad pertenecía al reino y los bienes y terrenos de todos los habitantes iban a parar al rey a su muerte. Una estructura económica de este tipo impedía la acumulación de capital y motivaba un cierto desapego a los bienes materiales.

Quizá por ello la llegada de los portugueses no fue vista en principio como una amenaza. Máxime cuando llegaban del mar, lugar de residencia de los espíritus que se reencarnaban en cuerpos blancos según las creencias de los congoleños. Tampoco fueron mal recibidos los ideales cristianos que, formulados en su literalidad, encajaban bastante bien con la cosmovisión de los habitantes del Congo. De hecho varios reyes del Congo se convirtieron al cristianismo y esta actitud le valió al reino la protección pontificia en 1571. Uno de los hijos del rey Nzinga Nkuwa sería enviado a Roma y llegaría a ser obispo.

Lo trágico de la historia es que la difusión de los ideales evangélicos no formaba parte de las prioridades de los colonizadores europeos. La misión civilizadora no era sino el barniz con el que se intentaba cubrir el verdadero objetivo: el saqueo de las tierras descubiertas a través de un comercio injusto y desigual, la caza del hombre para alimentar un tráfico de esclavos lleno de posibilidades en el futuro (tanto más cuanto la aniquilación de los indígenas americanos hacía imperiosa allí la necesidad de mano de obra barata o esclava).

La correspondencia mantenida entre los reyes del Congo y el rey de Portugal da buena cuenta del estado de estupor y de decepción de una civilización incapaz de entender la distancia sideral entre los propósitos teóricos de la acción civilizadora y la explotación, abuso y codicia que impulsaba a los europeos en la cruda realidad del día a día. Demasiados tratantes de esclavos y muy pocos misioneros. En vano pedirían los gobernantes del Congo la llegada de técnicos y sacerdotes. Lo que llegaba, cada vez en mayor número, eran explotadores y represores.

La terrible historia del Congo inició así una nueva etapa que se prolongó durante siglos hasta la época que retrata Vargas Llosa en “El sueño del Celta”.

Aunque Vargas Llosa plantea en su libro un meritorio recorrido para intentar vislumbrar las fronteras a las que puede llegar  la maldad de los seres humanos (y en eso conecta con otros autores como Conrand, Tolstoi o Grossman) no está de más señalar que, por encima de  la maldad de determinados individuos, está las más de las veces la lógica interna de un sistema económico que, teniendo como objetivo principal la acumulación de riqueza en pocas manos, nos condena una y otra vez a las mayores barbaries.


YO SOY ANTINUCLEAR

Lo Más Visto

Perfil de Facebook de Manuel Granda
noviembre 2010
L M X J V S D
« Oct   Dic »
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
2930  

Estadísticas

  • 61,071 visitas

Acabar con el hambre

Help end world hunger

Páginas