Archivo para 29 abril 2011

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¿Cómo nos sentamos en clase, Doña Esperanza?

“¿Cómo nos sentamos, profe?” Era una de las primeras preguntas que los alumnos formulábamos en el primer día de curso de mis ya lejanos años escolares. La cuestión era importante porque cada profesor/a tenía su sistema: por orden alfabético de nombres o apellidos, libre, por notas, por edad….

Estos días he recordado de qué diferente forma se solucionó este tema en sexto de EGB en dos asignaturas distintas.

Doña Esperanza, la agria y siempre enfadada profesora de matemáticas, nos explicó que la primera semana nos sentaríamos por orden alfabético de acuerdo a la primera letra de nuestros apellidos. A partir de la segunda quincena el orden vendría establecido por las notas obtenidas en los controles que haríamos cada dos semanas. Los alumnos/as que mejores notas obtuviesen ocuparían la primera fila y el resto nos sentaríamos en riguroso orden hasta llegar al último pupitre, destinado al alumno con peores calificaciones.

El sistema generó consecuencias que iríamos viendo a lo largo del curso. Para algunos el curso se convirtió en una carrera para alcanzar el objetivo de la primera fila, aún cuando el “premio” consistiera en pasar la hora en los pupitres ubicados justo debajo de la mesa de Doña Esperanza, de la que nunca se movía, bajo su inquisitiva y permanente mirada. Algunos dirían hoy que eran los alumnos excelentes.

Pronto surgieron las primeras disfunciones del sistema. Desde las primeras filas era más fácil seguir la asignatura, de forma que los que las ocupaban entraban en un círculo virtuoso que tendía a que estas primeras filas fueran ocupadas siempre por los mismos. Máxime, cuando a lo largo del curso Doña Esperanza, empezó a hacer patente su intención de dar clase con la atención puesta en estos alumnos aventajados, desentendiéndose de la mitad de la clase más alejada de su mesa. Las últimas filas era, eso sí, más divertidas: la atención de la profesora no se centraba en estas filas, la charla era más habitual y tolerada. Se produjo una cierta ruptura del aula en dos mitades: los alumnos de las primeras filas, los supuestos excelentes, y los otros, los perdidos para la causa de los números.

Hacia mitad de curso el ruido provocado por la charla en las últimas filas llevó a Doña Esperanza a tomar medidas drásticas: los alumnos más ruidosos y alborotadores eran expulsados de la clase y pasaban la hora de matemáticas en el pasillo de cara a la pared. Esto sentenciaba ya el destino de los expulsados, condenados definitivamente a ocupar el lugar de los alumnos con peores notas.

Pero había otras circunstancias que podían hacer que te alejaras definitivamente de las primeras filas. Una gripe, un catarro, un sarampión, cualquier cosa que te obligara a perder unos días de clase pasaba factura a la hora de los controles quincenales y suponía retroceder varias filas. Un problema familiar que afectase a tu nivel de atención o rendimiento tenía los mismos resultados.

Había, por fin, cierto sesgo económico en aquel sistema: partían con ventaja los alumnos a los que, tras las clases, sus padres enviaban a clases particulares para reforzar lo aprendido.

En mi caso particular los primeros controles no me fueron bien así que acabé en las últimas filas. Descubrí que algo le pasaba a mis ojos porque veía mal la pizarra pero, al margen de esto, en general me costaba seguir la clase. Los conceptos se embarullaban. Decidí que los números no eran lo mío. En algún momento de ese curso perdí el tren de las matemáticas. Desde entonces y hasta tercero de Bachillerato esa asignatura la aprobaría, y a duras penas, en la convocatoria de septiembre. A partir de tercero de Bachillerato la maldita asignatura salió de mi vida y elegí estudiar lo que se denominaba “letras puras”. El latín y el griego sustituyeron a las odiosas matemáticas.

Muy distinto era el sistema del profesor de la asignatura de Lengua y Literatura. A la pregunta de cómo nos sentábamos Don Primitivo contestó que nos sentáramos como quisiéramos. El método pedagógico de Don Primitivo era más sutil y pronto lo descubriríamos. La evaluación no se basaba en controles quincenales sino en trabajos de grupo mensuales. La composición de los grupos, formados por cinco o seis alumnos, la decidía él y no respetaba en general el orden en el que libremente nos habíamos sentado en clase. Don Primitivo mezclaba en un mismo grupo alumnos/as con notas en los exámenes bastante dispares e intentaba que los grupos no se correspondiesen con las afinidades de amistad que se iban formando en clase. Era una forma de “obligarnos” a convivir. Tenía este profesor una diabólica habilidad para detectar que trabajos respondían a un trabajo en equipo real y cuáles eran la suma de aportaciones individuales grapadas una tras otra. Los segundos nos eran válidos y había que repetirlos.

Otra novedad de Don Primitivo era que en sus clases se paseaba por todo el aula dando explicaciones. Eso hacía que la idea de primeras y últimas filas resultase un tanto relativa. Nunca expulsó a nadie de clase.

Creo que de las clases de Doña Esperanza no salió ningún premio Nobel de matemáticas. Sí sé que de las clases de Don Primitivo salió el proyecto de crear una revista escolar, se formó un grupo de teatro y un grupo que hacía lecturas conjuntas de algunos libros de literatura juvenil. Fue un curso excelente.

En este curso de sexto de EGB llegué a la conclusión de que me gustaban las letras. Pero, sobre todo, aprendí que la competitividad genera individuos competitivos pero no necesariamente excelentes.  

La colaboración, la convivencia, el trabajo en equipo, el esfuerzo compartido entre personas con distintas capacidades e intereses sí da como fruto sociedades excelentes y cohesionadas.

Todo es una cuestión de opiniones pero yo, por mi parte, espero que mi hijo se encuentre en su trayecto por el sistema educativo con muchos Primitivos y ninguna Doña Esperanza.

He pensado mucho estos días en este curso de mi infancia al conocer la propuesta de la presidenta Aguirre de crear un centro de bachillerato excelente.

En aquel lejano curso de sexto de EGB es posible que el sistema de Doña Esperanza -la profesora- le permitiera escoger a los más dotados para las matemáticas, los mejores en ese campo.

Don Primitivo, por el contrario, nos hizo mejores a todos porque nos educó a todos/as y todos/as avanzamos en nuestro conocimiento de la lengua y la literatura.

Son temas complejos estos de la educación. Pero, muchas veces, se inician con la respuesta que se da a aquella pregunta de mi niñez: ¿Cómo nos sentamos en clase, profe? Yo me quedo con la respuesta de Don Primitivo.

La moqueta mágica del alcalde

Desde su flamante despacho del Palacio de los 500 millones de euros, el hiperbólico alcalde contempló la ciudad que debía servirle de catapulta a sus ambiciones. En ella había enterrado cientos de millones más: enlosando sus plazas, enterrando carreteras y cubriendo de moquetas interminables sus más fastuosas inauguraciones.

Tan reluciente lucía la ciudad a vista de pájaro que no pudo ocultar un gesto de fastidio cuando observó que, finalmente, tanto dinero, tantos esfuerzos, tanta ambición y tantas hipérboles y grandilocuentes golpes de pecho quedaban irremediablemente deslucidos: los pobres, los vagabundos, los locos, una vez más, ensuciaban la imagen de su ciudad y de sus ambiciones.

Así que, a la vista de que no podía ocultar esa realidad bajo nuevas moquetas, ni azules ni magentas, imaginó lo bella que luciría la ciudad si una ley le permitiera deshacerse de ellos o confinarlos en algún lugar lejos de las miradas inquisitivas de los visitantes y vecinos. Una ley de vagos y maleantes que funcionara, una vez más, como una mágica alfombra bajo la que ocultar la basura.

¡Qué feliz sería el hiperbólico alcalde si fuese capaz de convencer a sus conciudadanos de las ventajas de una ley así! ¡Y qué limpia, qué pulcra luciría su ambición!


YO SOY ANTINUCLEAR

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