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¿Cómo nos sentamos en clase, Doña Esperanza?

“¿Cómo nos sentamos, profe?” Era una de las primeras preguntas que los alumnos formulábamos en el primer día de curso de mis ya lejanos años escolares. La cuestión era importante porque cada profesor/a tenía su sistema: por orden alfabético de nombres o apellidos, libre, por notas, por edad….

Estos días he recordado de qué diferente forma se solucionó este tema en sexto de EGB en dos asignaturas distintas.

Doña Esperanza, la agria y siempre enfadada profesora de matemáticas, nos explicó que la primera semana nos sentaríamos por orden alfabético de acuerdo a la primera letra de nuestros apellidos. A partir de la segunda quincena el orden vendría establecido por las notas obtenidas en los controles que haríamos cada dos semanas. Los alumnos/as que mejores notas obtuviesen ocuparían la primera fila y el resto nos sentaríamos en riguroso orden hasta llegar al último pupitre, destinado al alumno con peores calificaciones.

El sistema generó consecuencias que iríamos viendo a lo largo del curso. Para algunos el curso se convirtió en una carrera para alcanzar el objetivo de la primera fila, aún cuando el “premio” consistiera en pasar la hora en los pupitres ubicados justo debajo de la mesa de Doña Esperanza, de la que nunca se movía, bajo su inquisitiva y permanente mirada. Algunos dirían hoy que eran los alumnos excelentes.

Pronto surgieron las primeras disfunciones del sistema. Desde las primeras filas era más fácil seguir la asignatura, de forma que los que las ocupaban entraban en un círculo virtuoso que tendía a que estas primeras filas fueran ocupadas siempre por los mismos. Máxime, cuando a lo largo del curso Doña Esperanza, empezó a hacer patente su intención de dar clase con la atención puesta en estos alumnos aventajados, desentendiéndose de la mitad de la clase más alejada de su mesa. Las últimas filas era, eso sí, más divertidas: la atención de la profesora no se centraba en estas filas, la charla era más habitual y tolerada. Se produjo una cierta ruptura del aula en dos mitades: los alumnos de las primeras filas, los supuestos excelentes, y los otros, los perdidos para la causa de los números.

Hacia mitad de curso el ruido provocado por la charla en las últimas filas llevó a Doña Esperanza a tomar medidas drásticas: los alumnos más ruidosos y alborotadores eran expulsados de la clase y pasaban la hora de matemáticas en el pasillo de cara a la pared. Esto sentenciaba ya el destino de los expulsados, condenados definitivamente a ocupar el lugar de los alumnos con peores notas.

Pero había otras circunstancias que podían hacer que te alejaras definitivamente de las primeras filas. Una gripe, un catarro, un sarampión, cualquier cosa que te obligara a perder unos días de clase pasaba factura a la hora de los controles quincenales y suponía retroceder varias filas. Un problema familiar que afectase a tu nivel de atención o rendimiento tenía los mismos resultados.

Había, por fin, cierto sesgo económico en aquel sistema: partían con ventaja los alumnos a los que, tras las clases, sus padres enviaban a clases particulares para reforzar lo aprendido.

En mi caso particular los primeros controles no me fueron bien así que acabé en las últimas filas. Descubrí que algo le pasaba a mis ojos porque veía mal la pizarra pero, al margen de esto, en general me costaba seguir la clase. Los conceptos se embarullaban. Decidí que los números no eran lo mío. En algún momento de ese curso perdí el tren de las matemáticas. Desde entonces y hasta tercero de Bachillerato esa asignatura la aprobaría, y a duras penas, en la convocatoria de septiembre. A partir de tercero de Bachillerato la maldita asignatura salió de mi vida y elegí estudiar lo que se denominaba “letras puras”. El latín y el griego sustituyeron a las odiosas matemáticas.

Muy distinto era el sistema del profesor de la asignatura de Lengua y Literatura. A la pregunta de cómo nos sentábamos Don Primitivo contestó que nos sentáramos como quisiéramos. El método pedagógico de Don Primitivo era más sutil y pronto lo descubriríamos. La evaluación no se basaba en controles quincenales sino en trabajos de grupo mensuales. La composición de los grupos, formados por cinco o seis alumnos, la decidía él y no respetaba en general el orden en el que libremente nos habíamos sentado en clase. Don Primitivo mezclaba en un mismo grupo alumnos/as con notas en los exámenes bastante dispares e intentaba que los grupos no se correspondiesen con las afinidades de amistad que se iban formando en clase. Era una forma de “obligarnos” a convivir. Tenía este profesor una diabólica habilidad para detectar que trabajos respondían a un trabajo en equipo real y cuáles eran la suma de aportaciones individuales grapadas una tras otra. Los segundos nos eran válidos y había que repetirlos.

Otra novedad de Don Primitivo era que en sus clases se paseaba por todo el aula dando explicaciones. Eso hacía que la idea de primeras y últimas filas resultase un tanto relativa. Nunca expulsó a nadie de clase.

Creo que de las clases de Doña Esperanza no salió ningún premio Nobel de matemáticas. Sí sé que de las clases de Don Primitivo salió el proyecto de crear una revista escolar, se formó un grupo de teatro y un grupo que hacía lecturas conjuntas de algunos libros de literatura juvenil. Fue un curso excelente.

En este curso de sexto de EGB llegué a la conclusión de que me gustaban las letras. Pero, sobre todo, aprendí que la competitividad genera individuos competitivos pero no necesariamente excelentes.  

La colaboración, la convivencia, el trabajo en equipo, el esfuerzo compartido entre personas con distintas capacidades e intereses sí da como fruto sociedades excelentes y cohesionadas.

Todo es una cuestión de opiniones pero yo, por mi parte, espero que mi hijo se encuentre en su trayecto por el sistema educativo con muchos Primitivos y ninguna Doña Esperanza.

He pensado mucho estos días en este curso de mi infancia al conocer la propuesta de la presidenta Aguirre de crear un centro de bachillerato excelente.

En aquel lejano curso de sexto de EGB es posible que el sistema de Doña Esperanza -la profesora- le permitiera escoger a los más dotados para las matemáticas, los mejores en ese campo.

Don Primitivo, por el contrario, nos hizo mejores a todos porque nos educó a todos/as y todos/as avanzamos en nuestro conocimiento de la lengua y la literatura.

Son temas complejos estos de la educación. Pero, muchas veces, se inician con la respuesta que se da a aquella pregunta de mi niñez: ¿Cómo nos sentamos en clase, profe? Yo me quedo con la respuesta de Don Primitivo.

Want pero no can, el querer y no poder de Aguirre

Dispulpen el spanglish, pero en los últimos días me he visto asaltado por una abrumadora campaña de publicidad del gobierno de la Comunidad de Madrid para promocionar la supuesta extensión del bilingüismo en el sistema educativo de nuestra Comunidad.

No saben bien los creativos de la campaña hasta que punto han dado en el clavo porque efectivamente los madrileños queremos la extensión del bilingüismo en nuestros colegios e institutos. Pero poder, por el momento, sólo pueden hacerlo un 8% de los alumnos de Primaria y el próximo año un 1,5% de los estudiantes de Secundaria, según ha aclarado el secretario general del PSM, Tomás Gómez,  en el reciente coloquio ciudadano que celebró en el distrito centro.

A ese ritmo es fácil sacar las cuentas de cuántos años nos llevará la extensión del bilingüismo a todos los centros educativos.

Para mayor desvergüenza parece ser que la difusión masiva del querer y no poder de Aguirre y su gobierno, a través de la mencionada campaña publicitaria a todo trapo, se lleva un 20% (2 millones de euros) del presupuesto del proyecto. Por no hablar del mal uso del verbo to want en la campañita de marras…

Así estamos.

Úteros de alquiler

Parece que el PP ha decidido iniciar una ofensiva contra el derecho de las mujeres a decidir sobre el cómo y el cuándo de su maternidad. La ofensiva conservadora intenta aprovechar el río revuelto del debate sobre la modificación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo, que pretende que ésta se produzca con mayores garantías de seguridad jurídica y sanitaria para las mujeres y los profesionales de la Sanidad.

Al socaire de este debate el PP parece que se plantea autorizar la existencia de una guardia pretoriana en torno a cada mujer embarazada, en forma de “red de apoyo a la maternidad” cuyo único objetivo sería condicionar sus decisiones en base a información de más que dudosa objetividad, carente de rigor científico o profesional: información sesgada por prejuicios morales y religiosos. La misión de esta red, en la que quieren atrapar la libertad de las mujeres, sería proteger a toda costa al feto incluso por encima de los derechos de ese inevitable contenedor del embarazo al que parecen querer reducir a las mujeres.

La iniciativa apesta a beaterio y sitúa a las mujeres en un estadio de preciudadanía, necesitadas de consejo y asesoramiento ideológico para tomar decisiones sobre su propia vida y de tutela permanente por parte de una malla de organizaciones y asociaciones de probado fanatismo a la hora de tomar las riendas de su futuro.

Aún más grave, la iniciativa del PP parece que se acerca bastante a la creación de un sistema de alquiler de vientres gestantes en el que el arrendatario sería la administración pública, que pagaría con dinero público en forma de ayudas de todo tipo en dinero contante y sonante. Por si la oferta no es suficientemente atractiva, los presupuestos contemplarían un capítulo destinado a financiar una red de organizaciones dispuestas a “convencer” a las posibles madres de las ventajas de alquilar su útero

Se me ocurren mil fórmulas para apoyar la maternidad/maternidad sin tener que recurrir a consolidar el negocio de una trama de organizaciones fundamentalistas. Y, sobre todo, sin tener que encapsular a las mujeres en dentro de una visión unidimensional de madres potenciales.

La inefable Aguirre acaba de declarar que “el aborto no es un derecho, es un fracaso”. En realidad el reconocimiento del derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, su futuro y su maternidad es un éxito de toda la sociedad, un éxito en la lucha por la igualdad y la dignidad de los seres humanos entendidos como sujetos de derechos inalienables. Y la nueva ley es un avance en ese camino.

Me aburre tremendamente esta obsesión de los conservadores por convertir en delito y en reprobable socialmente todo aquello que sus respectivos dogmas consideran pecado. ¿Hasta cuando abusarán de nuestra paciencia? ¿No les basta con imaginarse nuestro terrible castigo como pecadores y las tremendas penas a las que seremos sometidos en la otra vida?

Me parece justo que a cuenta del espectáculo eterno que tienen asegurado a nuestra costa nos dejen vivir en paz en esta vida terrena que tanto desdeñan y que nosotros vivimos con la certeza de que es única. A ver si dejan de joderla con sus obsesiones patológicas.

Díaz Ferrán: la voracidad del sacamantecas

Me llena de tranquilidad que el jefe de la patronal, Díaz Ferrán, considere a Zapatero culpable de todas las desdichas. Hay que tener mucha caradura para no cansarse nunca de pedir recortes en los impuestos, las cotizaciones sociales y otros gastos que deben afrontar los empresarios al tiempo que se pone el grito en el cielo ante cualquier subida del salario mínimo, las pensiones o la cobertura al desempleo.

Hay que tener la cara de cemento armado para no cansarse nunca de pedir ayudas, líneas de crédito y colchones financieros al tiempo que se monta una escandalera cada vez que sube el gasto público o se refuerzan los servicios sociales.

El espectáculo de ver a la derecha económica desplegar su voracidad de sacamantecas es impagable. Si en el mismo número se incluye el elogio a la representante genuina de la derecha política (“Esperanza es cojonuda”) la cosa arroja mucha luz sobre los gustos culinarios del carroñero. ¿Dónde se encuentra motivos de alegría y alborozo? ¿En los datos de desempleo de la Comunidad de Madrid? ¿En la ausencia del menor atisbo de políticas activas de creación de empleo en la región de Madrid por parte de la administración regional? ¿En la charca de amiguismo, corrupción y mercados secuestrados por tramas de buscavidas e intercambiadores de favores y comisiones en que se ha convertido el gobierno regional?

El problema del jefe de la patronal es que Zapatero no es uno de los suyos. Y eso, a la vista está, molesta mucho a los que piensan que la economía es la ciencia que consiste en permitir que se forren los de siempre y se joda el resto.

El 7 de junio el PP quiere una patente de corso

 

Preclaros dirigentes del PP, encabezados por el que encabeza de su candidatura a las próximas elecciones europeas, Mayor Oreja, proclaman ufanos que el caso Gürtel y, en general, las turbias tramas de corrupción que crecen como hongos en las inmediaciones del PP no afectan a sus expectativas electorales.

 

Conozco muchas personas progresistas que comparten el análisis con una mezcla de resignación y paciencia, asumiendo que la derecha española está blindada frente a la corrupción debido a las amplias tragaderas de su electorado más afín.

 

No es, sin embargo, una cuestión de perspectivas electorales. Lamentablemente el desdén y autosuficiencia con las que el PP se enfrenta a estos casos es algo más grave porque afecta de lleno a la propia esencia de nuestro sistema de convivencia que se basa, entre otras cosas, en la confianza de que existen una serie de controles explícitos e implícitos que evitan que los comportamientos corruptos hagan nido en las formaciones políticas sin que éstas sufran un castigo o una reprobación social.

 

Por eso no debemos cansarnos de denunciar este tipo de actitudes y comportamientos, ni resignarnos a que formen parte de nuestro paisaje político.

 

No podemos resignarnos a que una panda de rufianes, una trama de buscavidas, un reducido elenco de políticos repartidores de dádivas se paseen por las páginas de nuestros periódicos proyectando, a base de mucha caradura, la falsa imagen de impunidad y chulería que proporcionan unos trajes sisados y unos choriceos enmascarados con buena gomina y otros regalos y detalles tan brillantes exteriormente como opacos para la contabilidad pública.

 

Los ciudadanos no podemos resignarnos a que personajes como el bigotes, el rata, el cabrón o el albondiguilla formen parte de nuestro ecosistema político porque ensucian nuestra vida pública y son un insulto a nuestra ciudadanía y nuestra democracia.

 

Es verdad, la cosa no es de ahora. Recientemente hemos visto al jefe de la banda presumir de su gestión económica. Todos recordamos una de sus recetas milagrosas: entregar a la rapiña y depredación de sus amigos empresas públicas que formaban parte del patrimonio de todos con privatizaciones de beneficios más que abultados para los señores de los negocios y bastante menos evidentes para el conjunto de la sociedad.

 

Siguen haciéndolo allí donde pueden. En Madrid, la abeja reina Aguirre pretende entregar empresas tan rentables como el Canal de Isabel II a los zánganos buscavidas que revolotean las colmenas del PP cuando están instaladas en los gobiernos autonómicos.

 

Es este afán de rapiña, esta actitud ruín y depredadora, la que forma parte del comportamiento histórico de nuestra derecha, a diferencia del comportamiento de sus conmilitones en otros países de Europa. Y esta actitud es la que marca sus objetivos, desde el choriceo de trajes a la venta de empresas públicas, en una estrategia que tiene como único objetivo el vivir parasitando la riqueza que genera el conjunto de la sociedad.

 

No, todo esto no puede quedar impune. Hay que lanzar un poderoso mensaje ciudadano de intransigencia ante este tipo de comportamientos. Hay que alzar la voz y no cansarnos de ello. Y dar nuestro veredicto con los votos ante quienes consienten que se den estos espectáculos en su propio partido sin hacer nada y ante quienes se ufanan de ser invulnerables en sus resultados electorales.

 

Por eso es importante que el 7 de junio nadie en el PP pueda interpretar los resultados electorales como una patente de corso que los ciudadanos les dan para proseguir con sus andanzas piratas sobre el patrimonio de todos.

El PP según San Mateo: si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar, sácale y arrójale fuera de ti….


Recomiendo la lectura de la entrevista que hoy publica El Mundo con Leire Pajín y sus interesantes reflexiones sobre la presunta trama de espionaje que se ha abatido sobre el PP madrileño. Comparto especialmente su afirmación de que hay silencios que queman más que las palabras, en alusión al mutismo que Esperanza Aguirre ha mantenido durante varios días sobre el tema.

 

He hablado ya en esta bitácora sobre la ordalía o “juicio de dios” al que Aguirre está dispuesta a someterse para probar la inocencia de su gobierno en este turbio asunto de los espias.

 

No dejan de llamar la atención las altisonantes reacciones que ante este tema está adoptando el PP. También Rajoy se ha sumado a las grandes frases anunciando que no le temblará la mano a la hora de apartar al PP a los responsables del desaguisado si se demuestra su culpabilidad o implicación en el mismo.

 

Me recuerda la estricta pose a las frases de sermón de la montaña: “Que si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar, sácale y arrójale fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si es tu mano derecha la que te sirve de escándalo o incita a pecar, córtala y tírala lejos de ti; pues mejor te está que perezca uno de tus miembros, que no el que vaya todo tu cuerpo al infierno”.

 

En fin, enredados en este carnaval bíblico de declaraciones grandilocuentes a los ciudadanos/as nos bastará con comprobar si es cierto tanto afán justiciero o si maniobrarán para esconder los ojos y manos amputados debajo de una alfombra en la calle Génova: o si es verdad que se aplicarán con diligencia a la resolución de las dudas que tan grave asunto ha generado.

 

En cualquier caso estaría bien que sepamos pronto de quién son los indiscretos ojos y las torticeras manos que han puesto al PP al borde del precipicio de la ilegalidad y la vulneración de los derechos fundamentales.

Aguirre quiere someterse a un “juicio de Dios”

 

Las ordalías, o juicios de dios, son una bárbara costumbre muy característica de la Edad Media. Mediante ellas se dictaminaba, atendiendo a supuestos mandatos divinos, la inocencia o culpabilidad de una persona objeto de una acusación.

Consistía en pruebas que mayoritariamente estaban relacionadas con fuego, tales como sujetar hierros candentes o introducir las manos en hoguera. En ocasiones también se obligaba a los acusados a permanecer largo tiempo bajo el agua. Si alguien sobrevivía o no resultaba demasiado dañado, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir castigo alguno.

Contra las cuerdas por el caso de la trama de espionaje en la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre ha elegido una fórmula clásica para demostrarnos su inocencia: está dispuesta a poner su mano en el fuego. De salir ilesa deberemos considerarla inocente.

Es una forma de hablar, claro. Pero lo cierto es que con cosas tan serias debería la presidenta ser más rigurosa y sensata. A nuestros gobernantes no les deseamos ningún mal ni les exigimos que se sometan a medievales juicios de Dios. Simplemente les pedimos transparencia, explicaciones convincentes y rigor en sus planteamientos.

Es posible que Aguirre haya optado por la ordalía porque es su credibilidad la que está achicharrada después de que no dimitiera ante su fracaso en la reducción de las listas de espera de la Sanidad y optara por amañar la calculadora antes que abandonar su cargo.

En cualquier caso, presidenta, lo que usted no puede pedirnos a los ciudadanos es que pongamos la mano en el fuego por usted. En primer lugar porque el valor de su palabra es más que discutible. En segundo lugar porque hace mucho que abandonamos las tinieblas medievales y preferimos el juicio de los hombres y mujeres a las ordalías con Dios por testigo.


YO SOY ANTINUCLEAR

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