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Zapatero invierte en el distrito Centro


Ahora que consumimos gran parte de nuestro tiempo hablando de recortes a inversiones, tijeretazos y demás medidas de ajuste, me gustaría reivindicar el valor que tiene, en este contexto, aquello que no se recorta. Las inversiones que se mantienen porque forman parte de una forma de entender la política y la gestión pública. El otro día, paseando por mi barrio, me encontré en la calle de la Cabeza con el cartel que anuncia la rehabilitación de un edificio para crear un Centro de Atención a Mayores con cargo al Fondo Estatal de Inversión Local de 2010.

En el distrito Centro este esfuerzo inversor del Gobierno de España permitirá crear otro Centro de Mayores en la calle 2 amigos y una Escuela Infantil en la calle Olivar (será la única escuela infantil pública del barrio y la cuarta del distrito), entre otras actuaciones que incluyen el fin del largo proceso de remodelación del Centro Cultural Conde Duque.

Poner en valor dónde sigue manteniéndose el esfuerzo inversor es otra forma de ver las cosas. Otra perspectiva. Habrá quien prefiera recortar en educación o atención a mayores en los barrios y mantener proyectos de crear kilómetros de autovía o AVE. Puestos a apretarse el cinturón yo prefiero que los recursos se dediquen a estos proyectos que el Gobierno de Zapatero permite acometer en mi barrio, como en miles de barrios de toda España.

Para mi tiene un extraordinario valor poder decir que, en medio de la situación económica más complicada de las últimas décadas, el gobierno de mi país, el gobierno de Zapatero, dedica recursos a construir un Centro de Mayores y una Escuela Infantil  en mi barrio.

La nueva cocina de Zapatero frente a las recetas del abuelo Reagan

Creo que fue Ronald Reagan el que sentenció que el gobierno era el problema y no la solución. No hablaba, claro, de un gobierno en particular sino de los gobiernos en general. De la afirmación se extraían conclusiones tan claras como la exigencia de reducir el gasto público y bajar los impuestos como receta para superar cualquier problema y poner rumbo hacia una economía próspera y autorregulada, con vocación de crecimiento indefinido, liberadas las fuerzas del mercado de los corsés del intervencionismo estatal.

De aquello hace 30 años y lo pasmoso es que, a pesar de las muchas precipitaciones registradas por los pluviómetros de la historia y las ciencias económicas y políticas, el Partido Popular ha decidido atrincherarse en la discusión de hace tres décadas y hacer como que aquí no ha pasado nada.

Los dogmas y axiomas asentados es lo que tienen: permiten oscurecer los debates, evitar el trabajo de reanalizar permanentemente la realidad para dar alternativas ajustadas a los problemas contemporáneos. Dónde va a parar: mucho mejor la vieja colección de recetas de la abuela y tirar del vademécum neocon que ponerse a pensar en términos de un siglo XXI que está atravesando una crisis inédita y de características novedosas.

La ventaja de las viejas recetas es que permiten además hacer buenos titulares, con pocas palabras, y contribuyen como nada a generar ruido y ocultar lo esencial para poner en primer plano lo accesorio.

Todo esto viene a cuento de la polémica un tanto artificial y desmesurada sobre los impuestos. Creo que, a estas alturas, afirmar que una bajada generalizada de impuestos provoca automáticamente una mejoría económica inmediata es una afirmación bastante aventurada. De la misma forma que también es falso, seguramente, el binomio que afirma que bajar los impuestos es de derechas y subir los impuestos a los ricos es de izquierdas.

No sé, parecen simplificaciones bastante groseras en ambos casos. Dependerá de qué impuestos, en qué condiciones, con qué objetivos.

En fin, que lo más lógico es entender el sistema fiscal en su conjunto como una herramienta compleja que permite orientar nuestro modelo económico en un sentido u otro. De forma que a distintos objetivos corresponderán distintos ajustes de unos u otros impuestos teniendo en cuenta el conjunto del sistema y no seleccionando cada uno de los tributos aplicándoles viejos dogmas y axiomas.

Por eso considero importante escuchar los objetivos que está definiendo el presidente Zapatero antes de meternos en un debate absurdo y simplista sobre la subida o bajada de impuestos. Parece que el Gobierno Zapatero está intentando introducir el debate sobre el necesario cambio de nuestro modelo productivo, de forma que superemos un sistema de crecimiento basado en las burbujas financieras, inmobiliarias etc. para dar los primeros pasos en la dirección de una economía más equilibrada y sostenible, con capacidad de generar un crecimiento sólido y asentado en cimientos seguros y con mecanismos de distribución de riqueza que profundicen en la cohesión social. Los retoques que haya que dar en el sistema fiscal deberían tener en cuenta esos objetivos, de forma que lo más sensato es pensar que habrá que bajar algunos impuestos y subir otros. Algunos podrían desaparecer y, sin embargo, es posible que asistamos en los próximos años a la aparición de otros nuevos relacionados con la protección del medio ambiente, por ejemplo.

Y parece lógico que estos cambios se hagan respetando el espíritu de progresividad que aconseja que aporten más los que más tienen, los que más se benefician de las oportunidades que les ofrece nuestra sociedad.

El debate sobre los impuestos podría ser sosegado y sensato porque todos los intereses son legítimos. Entiendo que el PP,  y en general las fuerzas de la derecha política, defiendan los intereses de aquellos que quieren seguir ganando más y acumulando riqueza minimizando el trago de pasar por el fielato de la Hacienda. Es legítima la posición de las fuerzas de izquierdas que defienden los intereses de todos aquellos que viven exclusivamente de su trabajo y que pretenden que se refuercen los sistemas de protección social y que la aportación vía impuestos se haga de acuerdo a los niveles de riqueza de cada uno de los que contribuimos. Son legítimas, finalmente, las posiciones de aquellas fuerzas que defienden los intereses de determinados territorios o Comunidades Autónomas. La enorme ventaja de un sistema parlamentario y democrático es que establece los marcos de debate, discusión y conciliación necesarios de todas estas posiciones e intereses y del resultado de los debates saldrá algo muy cercano a lo más conveniente al interés general o, al menos, a la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.

Pero debería haber espacio para el acuerdo. Sobre todo si tenemos en cuenta que el cambio de modelo económico no es un capricho del Gobierno de España ni una política voluntarista sino la inexcusable respuesta a una crisis que ha descubierto los límites evidentes del anterior modelo. De forma que incluso aquellos que únicamente aspiran a ganar más en el más corto período de tiempo, siendo éste el objetivo central de su actividad, pueden compartir la necesidad de avanzar hacia un nuevo modelo productivo sin el que será difícil mantener la competitividad de nuestra economía y empezará a ser irrelevante su preocupación por los impuestos en una economía con cada vez menos posibilidades de crecimiento y menos oportunidades de competir en el mundo global.

Lo que pretendo explicar es que lo importante es el objetivo final, aquello que el Gobierno está esforzándose por entrar a debatir. Y la reforma del sistema fiscal es sólo un instrumento que debe ajustarse al objetivo central de construir, entre todos y llegando a acuerdos, un nuevo modelo económico con visos de futuro y que permita una rápida recuperación.

En definitiva, lo que pretendo trasladar es mi perplejidad de haber asistido ayer en el Parlamento a un debate un tanto absurdo entre la nueva cocina de Zapatero y el viejo recetario de Reagan. Estoy dispuesto a discutir hasta que grado el Gobierno de Zapatero utiliza la experimentación y la innovación en la preparación del menú de salida de la crisis. A cambio ¿es mucho pedir que la derecha española deje a un lado las viejas recetas reaganianas y se atreva a proponer algo con sabores de este siglo?

¿Me sorprenderá Rajoy?

A estas alturas de la tarde ya tengo claro que el gobierno de España ha puesto rumbo a la salida de  la crisis. España tiene una estrategia coordinada con las principales economías del mundo, Zapatero acaba de anunciar una nueva batería de herramientas para establecer las bases de un nuevo modelo de crecimiento y como país disponemos de un jefe de Gobierno dialogante y dispuesto a la concertación y la suma de esfuerzos.

Nada de esto me sorprende y me gusta especialmente la vía elegida para superar la crisis: el camino de la cohesión social, el crecimiento equilibrado y sostenible basado en la innovación y la modernización de nuestro tejido económico.

Pero quien quiero que me sorprenda esta tarde es el señor Rajoy. Hasta el momento el portavoz de la derecha no parece tener clara una estrategia ni ha dejado claros los instrumentos con los que combatiría la crisis (intuimos apuestas alarmantes hacia el abaratamiento del despido, el recorte de las políticas sociales y la restauración del ladrillo en el trono de la economía española).

Pero no todo está perdido. ¿Es posible que Rajoy me sorprenda y decida esta tarde que ya vale de comportarse como un ratero de votos al albur de la crisis para animarse a arrimar el hombro y colaborar en la recuperación de la senda del crecimiento?

Mitin fiesta en Vistalegre

vistalegre

7 de junio: los europeos también podemos

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Estoy gratamente sorprendido por las primeras semanas de gobierno de la administración Obama, especialmente después de que su gira europea nos haya permitido visualizar algunas propuestas que suponen un auténtico giro en la política de Estados Unidos y permiten abrigar la esperanza de que es posible construir un mundo más justo, más democrático, más multipolar y que fije como prioridades aquellas cosas que importan de verdad: la lucha contra el hambre, por la paz y por la preservación de nuestro medio ambiente.

 

Hablo de la nueva política hacia Cuba, hacia el mundo árabe, de la apuesta por una nueva arquitectura de las relaciones internacionales en la que se opta por un liderazgo compartido con el concurso de los países emergentes y en vías de desarrollo en el proceso de toma de decisiones.

 

Hablo de la voluntad de avanzar hacia un gobierno compartido sobre la economía global cuyos primeros pasos se han dado en estos días, de la decisión de apoyar el proyecto de la Alianza de Civilizaciones.

 

Y hablo sobre todo de la decisión política asumida por Obama de llegar a un mundo sin armas nucleares. Es un viejo sueño que tenemos que hacer realidad. La última vez que un líder mundial habló de forma tan clara y decidida sobre este objetivo fue en 1986. Entonces Mijail Gorbachov, presidente de la Unión Soviética, asombró al mundo con su iniciativa de eliminar los arsenales nucleares para el año 2000. Entonces no fue posible. Corrían otros tiempos. El complejo militar-industrial estadounidense y el colapso de la URSS impidió avanzar en ese camino.

 

En realidad, desde los tiempos de la Perestroika, ningún líder mundial había despertado tantas esperanzas, ilusiones y movilizado una voluntad de cambio como Barack Obama.

 

La diferencia es que, ahora es posible ganar esta batalla por la paz. Barack Obama es el resultado de un potente movimiento progresista en Estados Unidos que se ha ido articulando en los últimos años y lo ha catapultado a la presidencia de su país. El mundo que se encuentra es muy distinto al de 1985.

 

La actual crisis económica ha mostrado las limitaciones del actual sistema económico y, por más que les pese a algunos, volver a atrás es ya imposible. La recuperación económica no nos colocará en la situación anterior: Son precisos cambios estructurales en el sistema para salir de esta crisis.

 

Es posible y necesario construir una alianza de fuerzas de progreso a nivel mundial que sea capaz de dirigir los inevitables cambios y hacernos avanzar hacia un mundo más próspero, más justo y solidario. El pueblo de Estados Unidos ha demostrado que se puede avanzar hacia ese nuevo mundo. No es el único: antes lo habían hecho los pueblos latinoamericanos apostando, según las peculiaridades de cada país, por nuevas formas de hacer política y de fijar las prioridades de los gobiernos.

 

El próximo 7 de junio los europeos nos enfrentaremos a una decisión similar. El nuevo mundo que está naciendo precisa una Europa fuerte y progresista, alineada con las fuerzas trasnformadoras de todo el mundo. Una Europa dispuesta también a compartir el protagonismo en el gobierno mundial de la globalización y dispuesta a asumir sus responsabilidades ante el mismo.

 

Por eso son importantes las próximas elecciones europeas: necesitamos una mayoría progresista en el Parlamento Europea que lance un potente mensaje al mundo de que los europeos también estamos dispuestos a construir un mundo mejor. Y, como los estadounidenses, podemos hacerlo.

 

Hace unos meses celebramos en la Agrupación Socialista de Distrito Centro una fiesta por la victoria electoral de Obama, en la que contamos con representantes del Partido Demócrata en España. El cartel que para la ocasión preparó el compañero Marco Carrasco y que encabeza estas líneas resultó premonitorio. En pocas semanas podremos celebrar la victoria de los socialistas en el Parlamento Europeo que le dará dimensión continental al lema de aquel cartel: “Juntos, para combatir las desigualdades”.

Celebremos la América luminosa de Walt Whitman

 

 

walt-whitmanLa Agrupación Socialista de Distrito Centro celebra este viernes, 14 de noviembre a partir de las 20:00 horas, una fiesta para celebrar el reciente triunfo de Barack Obama en las elecciones estadounidenses bajo el lema “Juntos para luchar contra las desigualdades”.

 

Me parece una buena idea y una buena excusa para juntarnos todos aquellos que asistimos con ilusión y esperanza a un posible cambio de rumbo en la principal potencia del planeta. De momento parece que Obama es sólo la punta del iceberg de una impresionante movilización ciudadana que en estos años ha despertado en los Estados Unidos, uniéndose en torno a objetivos muy concretos. La histórica participación en la jornada electoral apunta a ese mar de fondo que ha impulsado a Obama hasta la presidencia de los EE.UU.

 

Me gusta este presidente que representa unos Estados Unidos más modernos, más abiertos al mundo, más comprometidos con los grandes desafíos que la humanidad tiene por delante: la paz, la convivencia pacífica entre los pueblos y la lucha contra el cambio climático. Me gusta este presidente que conecta tan directamente con esa América luminosa de Walt Whitman.

 

Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.
Mis marchas no suenan solo para los victoriosos,
sino para los derrotados y los muertos también.
Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.
Pues yo digo que es tan glorioso perderla.
¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!
¡Hurra por los muertos!
Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.
¡Hurra por los que cayeron,
por los barcos que se hundieron en la mar,
y por los que perecieron ahogados!
¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes
                vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más
                 grandes de la Historia.

 

(Walt Whitman)

 

En la red hay una iniciativa impulsada por Mundo en Acción que está recogiendo los mensajes que los habitantes del planeta queremos hacer llegar al nuevo presidente de Estados Unidos. Yo ya he dejado el mío, pecando quizá de una ingenuidad a la que da alas la esperanza de que un mundo mejor es posible: Señor Obama, acabe con el injusto bloqueo a Cuba. Es la hora del diálogo y la política.

 

Voces desde hace largo tiempo
enmudecidas me recorren,
voces de interminables generaciones
de cautivos y de esclavos,
voces de enfermos y desahuciados,
de ladrones y de enanos,
voces de ciclos de gestación
y de crecimiento,
y de los hilos que conectan las estrellas,
y de los úteros y de la savia paterna,
y de los derechos de los pisoteados,
de los deformes, vulgares, simples,
tontos, desdeñados,
niebla en el aire, escarabajos que
empujan bolitas de estiércol.

 

(Walt Whitman)

cartel_obama.ai

El PP miente (mucho) pero respirar, respiramos

 

El Partido Popular de Madrid ha dado la consigna a sus cargos y militantes de salir a la calle para explicarnos a los ciudadanos por qué el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero asfixia a los madrileños. Espero encontrármelos pronto (aunque lo cierto es que nunca los he visto por Lavapiés) para comentarles que el único problema respiratorio que tengo tiene como causa los niveles de contaminación que sufre Madrid ante la indiferencia de los responsables municipales.

 

 

Más allá de la metáfora me interesa que me aclaren cómo puede hablarse de asfixia cuando la media de inversión pública de los gobiernos de Zapatero (2004-2009) en Madrid se sitúa en los 2.500 millones de euros por año frente a los 2.300 millones de euros de media de los gobiernos del PP entre 1996 y 2004.

 

 

¿Qué tipo de discriminación puede deducirse de unos presupuestos generales que contemplan aumentos del 14% en inversión en las carreteras madrileñas, un 49,8% en ferrocarriles, un 27,9% más en ciencia e investigación y un 25% más en Cultura? Es cierto que otras partidas bajan (aeropuertos fundamentalmente) pero el resultado final nos deja en la media del resto de las Comunidades Autónomas.

 

 

Por otra parte, parece que las Nuevas Generaciones han lanzado una curiosa campaña sobre la supuesta “invisibilidad” de los madrileños a los ojos de Zapatero. Supongo que no se referirán a los más de 400.000 trabajadores de las administraciones públicas a los que no se les congelará el salario (esa receta anticrisis a la que tan rápido recurría el PP), ni a los más de 200.000 perceptores de pensiones mínimas que verán aumentar sus pensiones por encima del IPC, ni a las personas dependientes que recibirán 98 millones de euros si el gobierno de Aguirre deja de bloquear la aplicación de la Ley de Dependencia. No se referirán tampoco a las casi 60.000 familias que recibirán ayudas de 2.500 euros por el nacimiento o adopción de sus hijos/as ni a los miles de madrileños que recibirán ayudas a la vivienda, ni a los jóvenes que recibirán ayudas para el alquiler, ni a los 300.000 estudiantes que recibirán becas a las que se dedica un 15% más que en 2008.

 

 

Lo que los madrileños seguimos sin ver por ningún lado es dónde están los 1.400 millones de euros adicionales que el Estado transfirió al gobierno de la Comunidad de Madrid para que lo invirtiera en la sanidad. De eso todavía no han dado explicaciones ni en la calle ni en ningún sitio.

 

 

Y es que en Madrid lo invisible no somos los ciudadanos, lo invisible son medidas que deberían tomar los gobiernos del PP para mejorar nuestra vida.

 

 

Así es que tengo muchas ganas de encontrarme a los chicos/as del PP en la calle para decirles que mienten. Mienten mucho. Pero respirar, respiramos.


YO SOY ANTINUCLEAR

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